Colombia: proyectos comunitarios le hacen frente a la deforestación del Bajo Caguán

Los habitantes de la zona del Bajo Caguán crean nuevas alternativas para combatir la deforestación en la Amazonía. En los últimos tres años esta zona del departamento del Caquetá ha presentado los índices más altos de deforestación en Colombia.

La ganadería intensiva y modelos agroforestales son las iniciativas que más han impactado en la recuperación del bosque.

 

Por: Luisa Rincón y Vanessa Sarmiento 

Víctor Garcés, habitante de la vereda de Remolinos, en la zona conocida como el Bajo Caguán, en el municipio de Cartagena del Chairá, es uno de los campesinos de este territorio que ha liderado iniciativas de conservación comunitaria. Estos proyectos, que sirven hoy de base para hacerle frente a la deforestación y recuperar el tejido social en esta región, son respaldados por organizaciones científicas y ONG ambientales que buscan proteger esta parte de la Amazonía colombiana.

 

Garcés se ha convertido en un orgulloso líder comunitario y asegura tener un gran amor por su territorio, “no puedo imaginarme una vida diferente a estar en mi finca que, aunque humilde y sin muchos lujos, me ha ofrecido por muchos años todo lo que necesito para ser feliz. A la región le debo todo lo que soy y pienso luchar hasta el día de mi muerte para que el bosque no se siga muriendo”, cuenta.

 

La zona del Bajo Caguán, en el departamento de Caquetá, está ubicada en la llanura selvática de la Amazonía y está conformada por 16 veredas de Cartagena del Chairá a lo largo de la cuenca del río Caguán.  A las comunidades que viven allí, junto al Parque Nacional de Chiribiquete —el área protegida terrestre más grande del país con más de 4 millones de hectáreas—  solo se puede llegar en transporte fluvial. No cabe duda que se trata de uno de los lugares con mayor biodiversidad de Colombia.

 

Gran parte del Chiribiquete se encuentra conservado debido al difícil acceso. Sin embargo, la pérdida de bosque a sus alrededores se ha incrementado de forma alarmante en los últimos tres años.

 

Una de las razones del aumento en la deforestación en este territorio ha sido la ganadería extensiva, que se convirtió en la principal opción de sustento para muchas personas. Los habitantes del Bajo Caguán percibían sus bosques como un espacio infinito e inagotable; creían que si talaban 100 hectáreas no habría mayor impacto, pero la realidad fue diferente. “Nunca medimos el impacto de deforestación ambiental que nos iba a causar la ganadería. No sabíamos nada, hemos causado tanto daño por falta de conocimiento, capacitación e información”, dice Garcés. Ese sentir lo comparten varios ganaderos que hasta hace muy poco fueron conscientes del grave daño ambiental que se estaba presentando en su territorio.  Desde ese momento se han empeñado en recuperar lo perdido y conservar lo que tienen.

                                                                                                      Una de las comunidades del Bajo Caguán. Foto: FCDS.

Ganadería intensiva: una nueva alternativa de reforestación

Víctor Garcés recuerda que en el 2004 empezaron las fumigaciones de cultivos ilícitos y el negocio de la coca perdió la rentabilidad que tuvo en otros tiempos. En ese momento, él junto a otros pobladores pensaron en una economía alternativa y legal para no tener que abandonar el territorio. Crearon un fondo de economía solidaria en el que mensualmente hacían un ahorro para posteriormente comprar algunas reses y en forma de préstamo dárselas a las familias para que las pusieran a producir.  Sin embargo, preparar terrenos para las vacas llevó a una tala masiva de árboles, siguieron el modelo de ganadería extensiva que tradicionalmente se ha hecho en el país.

Aún no eran conscientes de los impactos ambientales de esta actividad y dos años después nació la Asociación de Economía Solidaria de Medio y Bajo Caguán (Asoes), como operador de créditos para beneficio ganadero. Argilio Soto, representante legal de la asociación, recuerda que para esa época las cabezas de ganado en el Medio y Bajo Caguán rondaban las 12 000. Soto afirma que en ese momento su intención era mejorar la calidad de vida de las familias campesinas, porque no tenían créditos ni otra forma de suplir sus necesidades. No imaginaba los problemas ambientales que este noble propósito le traería a la zona.

Según Luz Marina Mantilla, directora del Instituto Sinchi, el daño ambiental no solo se ve reflejado en la tala indiscriminada de árboles, sino también en la pérdida irremediable de los suelos. “El pisoteo del ganado acaba con los microorganismos que hacen que el suelo sea fértil y que los árboles vuelvan a crecer”, afirma.

Desde hace tres años, cuando las cifras de deforestación comenzaron a aumentar sin control, los habitantes de Cartagena del Chairá y del municipio vecino de Solano empezaron a ser conscientes del daño ambiental. No sabían entonces cómo abandonar la tala de árboles sin perder los beneficios económicos de explotar el territorio.

Organizaciones de conservación ambiental, como Fondo Acción, entraron a la zona y preocupados por los índices de pérdida y degradación de bosques, se acercaron a los habitantes del Bajo Caguán. Con el programa Paisajes Conectados Caquetá, se les propuso a los ganaderos una alternativa más amigable con el medio ambiente. La idea era pasar de la ganadería extensiva a la intensiva, una opción que les permitiría tener mayor y mejor producción en menos hectáreas.

 

 

 

                                                                                                           Vacas transportadas en canoa río Caguán. Foto:FCDS. 

Jhon Jairo Vargas, especialista en Gobernanza de Fondo Acción, cuenta que cuando ellos llegaron al territorio el 99 % de los habitantes tenía ganado y mucha de esa deforestación se presentó porque los productores no tenían conocimiento de cómo manejar el suelo.

El proyecto, agrega Vargas, tiene dos metas claras:  buscar que aquellos corredores ecosistémicos que se separaron por la deforestación vuelvan a unirse y lograr que cada finca tenga un manejo sostenible de sus prácticas productivas con mayor calidad y sin generar un daño ambiental.

Fue entonces cuando se implementó el sistema agrosilvopastoril en las fincas ganaderas. “Este sistema permite un manejo equilibrado entre la agricultura, árboles nativos plantados, ganadería y rotación de potreros”, explica Leonardo Serrato, ecólogo y profesor de la Universidad Central.

Según Argilio Soto, dentro de las fincas se ha trabajado en los procesos de reforestación y en el aislamiento de las fuentes hídricas para proteger el agua de la contaminación que produce el ganado. A través de un “pequeño acueducto”, los animales disponen de este recurso sin tener que ir a las riveras de las quebradas.

La ventaja del sistema agrosilvopastoril es que divide el terreno en potreros y los animales se van rotando. Así, se pueden tener hasta 3 cabezas de ganado por hectárea, cuando en el sistema tradicional extensivo cada ganadero tiene una cabeza de ganado o menos por cada hectárea

 

                                   El Parque Nacional Natural Chiribiquete es un Área Importante para la Conservación de las Aves (AICA). Foto: Parques Nacionales

 

Además, se siembran arbustos y árboles que dan alimento y sombra, lo que permite que el suelo se regenere y sea útil por más tiempo. Jhon Jairo Vargas de Fondo Acción resalta que su organización no fomenta la ganadería, “simplemente brinda soluciones para que los sistemas productivos [que ya existen] que emiten dióxido de carbono a la atmósfera, reduzcan su impacto ambiental”.

Con la llegada de esta propuesta se empezaron a dar otros cambios positivos en la región. Asoes decidió cambiar su modelo de trabajo, ya no respaldan créditos para compra de ganado y ahora ejecutan proyectos y brindan asistencia técnica para ganadería intensiva y cuidado del medio ambiente. “Construimos una agenda comunitaria, es como nuestro plan de desarrollo y está basado en el tema ambiental, conservación de bosque, fortalecimiento de los recursos maderables y no maderables y restauración”, afirma Víctor Garcés.

Más de 1500 familias se han vinculado al programa silvopastoril y agroforestal con Asoes. Las personas se comprometieron a mejorar las praderas, recuperar las fuentes hídricas, hacer cercas vivas y nuevos corredores biológicos.  “De las cosas bonitas que tiene este territorio que amamos es que lo tiene todo, tenemos agua, diversidad, animales, dónde producir, etc. Aquí no nos hace falta nada”, afirma Garcés.

El éxito del programa lo cuentan varios campesinos del Bajo Caguán. Ramiro Bentancur vive en la vereda La Esmeralda de Cartagena del Chairá. Su finca, Las Camelias, cuenta con 50 hectáreas, 35 son para ganadería y las 15 restantes son exclusivas para reforestar bosque nativo. Hasta el momento ha sembrado 4000 árboles. Afirma que este nuevo sistema de ganadería intensiva no solo trae beneficios ambientales, sino que ha mejorado su producción: produce más leche y de mejor calidad.

Por su parte, Hober Muñoz, también de Cartagena del Chairá, cuenta con un predio de 70 hectáreas, 37 vacas, 40 potreros y 1800 árboles sembrados. Además, ya tiene un acueducto de franja larga y nacimientos hídricos protegidos. Hasbleidy, también beneficiaria, tiene una finca con 20 hectáreas, 9 de reforestación y 11 para ganadería con 20 reses. Su mayor motivación es cuidar su territorio para que sus hijos puedan disfrutarlo. Argilio Soto, dice con orgullo que “esto es lo que venimos haciendo, mejorar el medio ambiente, concientizar a las familias del deterioro ambiental y hacer un trabajo de recuperación. Esperamos que nos siga funcionando”.

 

                                                                   

                                                                                    Resguardo indígena en Cartagena del Chairá. Foto: cortesía FCDS.

Modelos agroforestales y seguridad alimentaria

 

Sumado a las iniciativas de ganadería intensiva, en el 2016, las comunidades de 12 veredas del municipio de Cartagena del Chairá, especialmente Brasilia, el Guamo y las Palmas, quienes en su mayoría también se dedicaban exclusivamente a la ganadería, decidieron probar un nuevo modelo económico que les permitiera cuidar del bosque y garantizar su seguridad alimentaria.

Fue entonces cuando llegó el proyecto GEF Corazón de la Amazonía, del Instituto Sinchi. El 95 % de los predios no tiene título formal y a pesar de que los dueños tenían claros los límites de sus fincas, no conocían la biodiversidad que habitaba en ellas. “Los habitantes comenzaron a identificar las especies que había, aprendieron que pueden sacar un beneficio para sus fincas, pero dejaron claro que no se vende ni se maltrata la naturaleza”, dice Jaime Barrera, coordinador del proyecto.

Después de hacer un ejercicio científico de la biodiversidad en la zona, 523 personas de 141 familias acogieron los sistemas agroforestales como la opción más viable para crear una economía sostenible y tener zonas reforestadas.

El sistema agroforestal les ha permitido generar ingresos a corto plazo con sus propios recursos. “Por primera vez han sembrado plátano, yuca, maíz y cacao para el autoconsumo. Además, hacen un intercambio de semillas que provienen de su propia tierra e identificaron que podían hacer cosas por sí mismos”, asegura Barrera. Hasta el momento, hay 183 hectáreas sembradas. Por otro lado, el modelo de enriquecimiento de rastrojos ha ayudado a los campesinos a recuperar y restaurar áreas, convirtiéndolas en bosques secundarios.

Este sistema tiene una base científica sólida que garantiza la viabilidad y el éxito del proyecto. Luz Marina Mantilla, directora del Sinchi,  asegura que la investigación científica debe servir para transformar la mente de los pobladores de la región.

 

Los tesoros ambientales del Bajo Caguán

Las iniciativas de economía sostenible propuestas por Fondo Acción y el Instituto Sinchi se implementaron y se abrieron otros caminos para frenar la deforestación en el Caquetá.

                                                                                                         Atardecer en el río Caguán. Foto: cortesía FCDS

 

En el 2018, en total 25 organizaciones nacionales e internacionales, lideradas por la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) y el Museo de Historia Natural de Chicago, entraron a la selva del Bajo Caguán y crearon un inventario biológico con información para 1400 especies. Al mismo tiempo, especialistas del Instituto Sinchi realizaron investigaciones científicas y sociales de los tipos de ecosistemas, biodiversidad y patrimonio ancestral del Parque Nacional de Chiribiquete.

Gracias a estas exploraciones, las comunidades campesinas e indígenas de la región se unieron para crear una mesa comunitaria, liderada por la Asociación Campesina del Bajo Caguán (Acaiconucacha), para redactar un plan de desarrollo que mejorara su calidad de vida y el medio ambiente. Dentro de los objetivos trazados están: un plan de ordenamiento territorial, modelos de economía productiva, organización comunitaria y educación con mayor calidad. “Lo interesante de este plan es que las organizaciones del sector público y privado que quieren trabajar en la región deben hacerlo en torno a estas propuestas. Ellos han forzado un poco al Estado a organizarse y han puesto la interlocución en otro nivel”, dice Carolina Salazar, investigadora de la FCDS.

Se creó un núcleo forestal, una zona que pretende conservar en su totalidad un bosque intacto y a la vez permitirle a la comunidad utilizar algunos recursos naturales sin dañarlos. “Lo que queremos es que la gente que está más adelante de ese bosque pueda ser beneficiaria de una concesión forestal para aprovechar el bosque tanto maderable como no maderable, bajo criterios técnicos de plan de manejo, de sostenibilidad de reconversión y de restauración”, asegura Jaime Barrera, investigador del Instituto Sinchi. El proyecto va en su primera fase y se está realizando un inventario forestal. Más de la mitad del equipo son habitantes de las veredas.

Instituciones públicas y privadas planean sus estrategias alrededor del plan de desarrollo propuesto por las comunidades campesinas e indígenas. Por ejemplo, Corpoamazonía, autoridad ambiental en esta zona, apuesta por tener 880 000 hectáreas de conservación en áreas importantes que permitan conectar los parques Chiribiquete y La Paya.

“Nosotros estamos apostando un proceso de declaratoria de un área protegida regional. Lo consideramos una buena estrategia para detener la deforestación. Si se logra, con la gente se pueden hacer acuerdos de conservación, enfocándonos en promover un modelo productivo que sea sostenible en el tiempo”, argumenta Gustavo Torres, asesor técnico de Planificación y Ordenamiento Ambiental de Corpoamazonia.

           El arte rupestre que se encuentra en el Parque Chiribiquete fue una de las razones para que lo declararan patrimonio mixto de la humanidad. Foto: Parque Nacionales Naturales de Colombia.     

 

Estos acuerdos se sumarían a los que el Instituto Sinchi ya ha consolidado exitosamente y que hoy permiten la conservación de 5989 hectáreas de bosque. “No podemos perder el servicio ambiental global que la Amazonía presta. Para nosotros lo importante es que la floresta se mantenga y empiece a crecer. Cuando uno va orientando [técnicamente] a la comunidad, ellos van viendo que hay mayor conexión”, comenta Luz Marina Mantilla. Las especies productivas que se están cultivando son endémicas amazónicas y el éxito de la iniciativa se centra en regenerar el ecosistema a través de especies nativas, de lo contrario podría alterarse y su fertilidad se perdería.

 

Así se fue deforestando el Bajo Caguán

Antes del 2015, las cifras de deforestación no eran muy altas y esta zona era identificada principalmente como uno de los lugares con mayor concentración de cultivos de coca en el país.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) controlaban casi todo el territorio y su mayor fuente de ingresos eran los cultivos ilícitos. Durante más de 30 años los índices de tala eran mínimos. Según Jorge Pulecio, profesor de la Universidad Nacional e investigador de la Comisión de la Verdad —institución creada luego de la firma del Acuerdo de Paz con la guerrilla de las Farc—, con la economía de la coca y un control del territorio por parte de las Farc no había una tala extensiva, entre otras cosas porque este grupo guerrillero no lo permitía, “esa es la cruda realidad, no es que las Farc hayan tenido un comportamiento ecológico, sino que hacía parte de su proyección estratégica y su control del territorio y de la población”, cuenta Pulecio.

Cuando gran parte de las Farc, después de un proceso de negociación con el Gobierno Nacional, se desmovilizó y abandonó esta región, una de las consecuencias inesperadas fue el aumento desmedido de la deforestación en la región.  Según Pulecio, “con un Estado que continuó ausente y sin ningún tipo de control territorial, la paz fue leída por varios actores como una oportunidad para entrar a la región amazónica y extraer los recursos sin tener que pagar impuestos al Estado o coimas a las guerrillas”.

El hecho de que en esta área existan bosques primarios o nativos crea unas relaciones ecosistémicas muy específicas y, según afirma Leonardo Serrato Lozano, docente del departamento de Ingeniería Ambiental de la Universidad Central en Bogotá, “cualquier alteración que se le haga específicamente a los ecosistemas boscosos, empieza a generar una afectación en sus comportamientos y en la regulación climatológica. Además, acelera el proceso de degradación de los suelos”, afirma.

La mayoría de líderes ambientales que viven en el Bajo Caguán coinciden en que es necesario que desde el Gobierno colombiano se diseñen e implementen políticas públicas más efectivas y que cumplan con sus compromisos en el Acuerdo de París, solo de esta forma todo el trabajo científico y comunitario que se desarrolla en la región podrá tener un impacto aún mayor.